La IA es una gran oportunidad para la educación, si se utiliza con ética y responsabilidad. Facilita la personalización del aprendizaje, la generación de contenidos y permite a los docentes desligarse de tareas administrativas rutinarias para dedicarse a las cuestiones propiamente humanas: las intrapersonales e interpersonales. La IA no comprende y no tiene sentimientos, por tanto, nunca podrá sustituir a un docente. Tal y como se ha indicado en la introducción de este apartado: La IA no ha llegado para sustituir al profesorado, sino para potenciar sus capacidades.
La UNESCO, en el documento Consenso de Beijing sobre la Inteligencia Artificial y la Educación (2019), establece un enfoque humanista en el desarrollo de la IA e indica que: “La IA debe utilizarse para potenciar los derechos humanos, la inclusión y la diversidad, garantizando que la tecnología esté al servicio de las personas y no al revés. Se debe priorizar el bienestar de los estudiantes y asegurar que la IA no reemplace el papel fundamental de los docentes”. Toda una declaración de intenciones realizada en el año 2019.
En la misma línea, la Comisión Europea en su documento “Directrices Éticas sobre el uso de la IA en Educación” (2022) en una aproximación más técnica, reconoce que la IA es una realidad en la educación que está transformando cómo se enseña y aprende. Indica que su potencial es enorme porque puede personalizar el aprendizaje, automatizar tareas administrativas y ofrecer nuevas perspectivas sobre el progreso de los estudiantes. Sin embargo, este poder implica riesgos significativos relacionados con la privacidad, la equidad, la transparencia, la dependencia tecnológica y la autonomía humana.